La voz blanca

>> domingo, 11 de abril de 2010

La gente importante se reúne en edificios redondos con paredes de grandes ventanales, techos altos y escaleras con barandas de metal que suben hasta los entrepisos de floreros en mesadas de mármol.
Se sienta en sillones ubicados alrededor de una mesita ratona rectangular donde apoya los cafés y el New York Times. A su alrededor están los cuadros, erguidos en las paredes, revisándose las inclinaciones entre sí. Habla sobre cosas que no le pertenece, hace tratos sin sacudir las muñecas, sin firmar papeles. Habla, insulta y los pone sobre la mesa ratona, apilados y atados con una banda de otro tipo de papel. Usa trajes finos, tiene bigotes rubios y sonrisa extraña.
Sus ojos recorren el círculo perimetral de la mesita ratona antes de levantarse y de asentir con soberbia. Camina hasta los ascensores, dejando tras sus pasos a los encargados de abrirle las puertas y desplegarle las alfombras rojas. Se sienta en el asiento trasero de los autos sin necesidad de indicar direcciones a los choferes ni de arrugar los bolsillos de los pantalones al bajar. Sus zapatos brillantes los atraviesan por el jardín delantero hasta la puerta que cierran con fuerza a sus espaldas.
En la ciudad hay una voz pálida, susurrante, que recorre las calles, se filtra por las imperceptibles grietas de las ventanillas de los autos, por las cerraduras, los portafolios, penetra las gargantas, los globos oculares, y les entrega ofrendas atrayendo a los pobres con villancicos y cruces, los arrodilla en la alfombra importada de la mansión y sonríe a los que se mantienen sobre sus zapatos; y sigue de largo, no está apurada pero tiene muchas mansiones y pisos redondos que visitar.

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