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Lo no planificable

>> domingo, 6 de enero de 2013

Pocos momentos me han parecido perfectos. Como son momentos, son pequeños fragmentos de tiempo. Si fueran más extensos tampoco podrían ser perfectos.
La perfección -como sensación de plenitud en lo real y no como fantasía de lo inmaculado- me apareció en la vida sólo cuando lo que estaba viviendo era tan poco imaginado y tan resignificante de lo cotidiano que me borraba del presente todo lo que pudiera faltarme. Todo lo que a veces creo que necesito, más lo que sé que necesito. Todos a quienes no podría dejar afuera de la lista hipotética de personas que me llevaría si me fuera a vivir a una isla. Borrados por completo por la obnubilación del instante.
Los momentos perfectos me pasaron. Quiero decir, no los planifiqué, pero me sucedieron mientras buscaba estar apenas bien, por un rato.
En esos momentos no hubo mucho. No me han encontrado en una situación como la que obligan a imaginar las preguntas de la revista Cosmo. "Describa su día ideal...", que no hacen más que forzarnos a planificar algo que no se puede planificar porque es inimaginable.
No estaban todos a quienes quiero, ni estaba yo en la mejor época de mi vida; pero nada de lo que no estaba ahí dejaba de tener importancia. Al contrario, los momentos perfectos hicieron que todo lo que tenía en ese instante y en mi vida fueran suficientes, absolutos. Hicieron, de alguna manera, que se expanda cada fragmento de satisfacción que alguna vez tuve, para completarme.
Mis momentos perfectos no fueron impecables. No podría decir que fueron inmejorables, si no sé con certeza ni cómo se formaron. No hubo uno mejor que otro, ni se pueden repetir; ni siquiera, en afán utilitarista, mezclar para crear una superperfección. No daría resultado.
Aparecieron en su esplendor cuando buscaba algo mucho menos, algo chiquito. Creo, hoy, que cuando Silvio escribió sobre "un diminuto instante inmenso en el vivir" se refería a esto. No había nada allí, en los momentos perfectos, sólo una tarde en que se puede respirar desde el lago Traful o desde el piso del Konex. Un inesperado estado mental de paz absoluta. Y nada más.

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Gente que anda por ahí (IV)

>> lunes, 26 de abril de 2010

Hay gente que anda por ahí que lleva auriculares para tapar el bullicio de la ciudad, pero recibe con alegría a los guitarristas que suben a los transportes públicos y regalan un poco de arte por un rato con versiones únicas e irrepetibles de canciones inéditas u olvidadas.
Esta gente apaga los reproductores y guarda los auriculares para escuchar al humano, y se prepara algunos pesos para que no dejen de existir quienes con humildad e ideas le crispan la piel en lo grisáceo de la urbe. Antes de bajar entrega sus ideales en forma de billete y dice que no quiere ser bendecida por Dios, que quiere que haya más de esas expresiones, y escucha cómo hay otros que andan por ahí sentados con sus tapados de piel, sus arrugas y sus narices finas pidiendo que la guitarra se mude de colectivo.
"Con mucho contenido, ¿no?", contesta la guitarra, pero la nariz pide canciones de amor, y entonces la gente que anda por ahí piensa en voz alta que debe ser para no pensar; luego baja, y por algunas cuadras, llora.

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El trampolín.

>> domingo, 31 de enero de 2010

Usualmente cuando quiero decir algo que no me animo a decir, por temor a lo que puedan responder o por vergüenza, que es el temor a parecer estúpida o ridícula, repito las palabras una y otra vez en mi mente. No llego a armarme una imagen de lo que puede llegar a pasar, no hay tiempo en ese frenético temor irreconocible. Tan confundida está la mente que no puede dejar de parecerse a un disco de pasta rayado.
Es estar al borde de un trampolín. Las palabras no dichas son el bamboleo del cuerpo que se detiene antes de saltar, y se repite y mueve los brazos hacia atrás para tomar impulso pero la falta de coraje se apodera de las piernas y la pasarela queda muda.
Si logro contener la compostura, luego de un rato subo las escaleras hasta el trampolín, lo más probable es que salte. La adrenalina de un "che..." o un "Daniel...", que es el suspiro previo al salto con los ojos cerrados, baja al pecho y los pies vuelan.
No recuerdo respuesta que me haya ridiculizado aunque sí desilusionado y frustrado. Con suerte, y la he tenido bastante de mi lado, a los cumplidos el Che o Daniel responden agradecidos, o emocionados, sutil y cordialmente perfectos. Y la ridiculez es mía pero externa, y feliz, de cómo no se me ocurrió que podían ser esas palabras más importantes para el otro cielo.

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La carta.

>> viernes, 16 de octubre de 2009

La carta está escrita. El papel doblado en tres, dentro de un sobre abierto. Está hasta la firma y el nombre del destinatario en el frente del sobre. Están las ideas, las ganas, hasta estaba el tiempo que debía reposar antes de salir.
Pero la carta sigue acá. Básicamente por una convicción realista de que nada significante va a pasar luego de que esa carta sea leída. La circunstancia que se busca cambiar casi sin esperanzas, seguirá siendo.
Y para qué, se pregunta uno.
Y porque sí, dice el optimismo, porque aunque no cambie lo que quisiéramos que cambie, algo cambia. Para que uno al menos se quede con la conciencia tranquila al saber que hizo lo que pudo, que dijo lo que debió.
Y tal vez, sólo en un mil de tal veces, cambie.
Es dejar la puerta abierta con un cartel invitando a pasar.

Y vivir.

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Gente que viaja por ahí (III)

>> jueves, 20 de agosto de 2009

Controla con movimientos de cabeza el flequillo lateral que le cae sobre el lado izquierdo de la frente; busca con dificultad dentro de una cartera sin bolsillos internos que lleva colgada y llena de pequeños ítems

los auriculares redondos que le cubren las orejas y se sostienen tras ellas como anteojos. Tiene una lapicera en la mano derecha y la mueve sobre una hoja que tiembla por los remaches del asfalto. No es paisaje común, piensa. No puede ignorar el bullicio del fondo pero la música. Después sabe que no hace más que describir, casi como sacar una foto con ruido y movimiento y olor a nafta y a brisa de verano en invierno; había algo mágico en la noche. Se ríe y se deprime por un instante.
Deja sobre la hoja unas cosas que dicen De vez en cuando necesitarías ojos ajenos, una esquizofrenia controlada para ver tu trabajo desde donde estás y no en contrapicado. No sé por qué hay tantos que leen en los viajes y tan pocos que escriben, ¿no son actividades complementarias? ¿Qué hace el común de la gente con lo que lee? Controla con movimientos de cabeza el flequillo lateral que le cae sobre el lado izquierdo de la frente; busca con dificultad dentro de una cartera sin bolsillos internos que lleva colgada y llena de pequeños ítems una lapicera azul, un cuaderno de hojas rayadas.

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>> martes, 7 de abril de 2009

En un determinado momento uno de los pececitos saltó hacia afuera y en la pecera sólo quedó nadando uno.
Y en la pecera contigua.
Se acercaron las peceras, el pez de la segunda saltó a la primera. Por un tiempo, un salto.
Del otro lado se acerca otra pecera, y el segundo pececito salta. Mira hacia la pecera del medio, y a través de ésta ve la vacía. Entonces son dos, uno, cero. Uno, cero.

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